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Martes, 25 de marzo de 2014 por zrfotog

Acerca de la muestra “Un exilio voluntario”

En la sala dónde se presenta la exposición de Maximiliano Tineo somos varios. Hay una pareja de chicos franceses que miran detenidamente las fotos tratando de encontrar un lugar familiar (¡y lo encuentran!), hay chicos con viejos peinados nuevos y gafas al mejor estilo Clark Kent que se pasean entre las imágenes con aire desentendido, […]

En la sala dónde se presenta la exposición de Maximiliano Tineo somos varios. Hay una pareja de chicos franceses que miran detenidamente las fotos tratando de encontrar un lugar familiar (¡y lo encuentran!), hay chicos con viejos peinados nuevos y gafas al mejor estilo Clark Kent que se pasean entre las imágenes con aire desentendido, cómo si ya hubiesen estado aquí o quizás en las fotos, hay señores puntillosos que se acercan a dos milímetros de las imágenes tratando de descubrir la trama secreta de la impresión, el error compositivo, la dominante de color, la falta técnica, solo les falta la lupa para convertirlos en verdaderos inspectores Poirot, pero esto no es la oficina central del fbi, ni los salones de Scotalnd Yard, ni el “Bureau de Police à Paris”, apenas una galería de arte, y se quedan con las ganas. Están los amigos de siempre que acompañan, está la familia del autor, están los infaltables degustadores de canapés. Somos varios. Me sorprende. Podría decir que hasta demasiados para una noche de viernes, la primera del otoño, en una galería casi secreta de una ciudad que no se lleva del todo bien con el arte.

En las fotos blanco y negro, rostros diversos, paisajes variados, países distantes, ¿distantes?…me asalta la pregunta… es posible “Un exilio voluntario”, es posible hablar de exilio en la era de la globalización…

Hay un muchacho de raza blanca que posa desprevenido junto a otro de raza negra ante la lente de Tineo, la cámara los capta en una complicidad inexistente caminando por alguna calle de… ¿Estambul?, ¿Tirana?, ¿El Cairo?, no señores ahora estamos en Lyon, y después en la frontera sirio-turca, y más luego en una plaza de Argel, pero podría ser Rio, o la comercial calle San Luis en Rosario, o Londres o Yakarta o Islamabad.

Las fronteras del siglo XXI no son las mismas que antaño, están bastante más cerca. Esos años y años de exilio voluntario de Rimbau que lo llevaran hasta el Yemen junto a los fotógrafos viajeros, ese exilio poético, ese viaje al corazón del África que contara Conrad ahora va y vuelve en avión de Londres al Magreb, de Paris a Bombay, de Rosario a Marsella en unas pocas horas y se escribe en segundos por Twitter o Facebook.

En la antigua Grecia no había peor castigo que el destierro, la condena al ostracismo, el exilio involuntario, considerados peores aún que la propia muerte. Estas partidas obligadas sin fecha de retorno continúan, es innegable. La realidad del mundo globalizado impone sus penas. Vencedores y vencidos. Para algunos mundos de primera, para muchos de segunda y de tercera, para la mayoría de cuarta categoría, y gentes que buscan escapar de un lado a otro, exiliarse para tratar de sobrevivir, escaparse de la miseria y la desesperación, correr las fronteras para hacerse más iguales.

Otros exilios como los de Tineo se avizoran temporales, tienen un sabor más dulce, el del descubrimiento, el de la aventura, ese “alejarse de lo conocido” que dice tan bien el poeta argentino Güiraldes en unas palabras que tengo colgadas en la puerta de mi casa y que me vienen ahora a la memoria, “Viajar…asimilar horizontes…tener alma de proa…”, ese es el viaje de Tineo, ese exilio consentido, el viaje que va hacia adentro, exiliarse para reencontrarse con la propia identidad, buscarse en países lejanos para regresar al encuentro de uno mismo, reconociendo que se ha cambiado, que se ha pasado ya por el viaje transformador.

Esos exilios, no cómo aquellos de los pobres condenados griegos, no como algunos actuales, obligados por motivos de guerra o persecuciones políticas, de crisis económicas y sociales, de hambrunas, estos exilios, como los de Tineo se disfrutan y pueden regalarnos un momento de arte con exquisitas fotos y un logrado libro confeccionado a mano también por el autor. Como para no exiliarse, que es un poco perderse, sin haber visto antes la muestra.

 Rodrigo Roger (22/3/2014)

Hasta el 16 de abril en el Espacio Zona Roja, Mendoza 927, Rosario.-