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Hercules fue una cementera creada a comienzos del siglo pasado y cerrada como tantas otras industrias a lo largo de toda la Argentina en los años 90. Sus restos se encuentran semi derrumbados por la accion de la dinamita dejando imagenes lastimosas en sus estructuras que muestran esta agonia de los sistemas economicos y laborales actuales.
Esta cementera se encuentra en las afueras de la ciudad de Cordoba en Dumesnil-La Calera. Los obreros que se desempeñaban laboralmente en el lugar hoy subsisten en las actividades de la albañileria y oficios de pica pedreria. La pequeña poblacion va paulatinamente desapareciendo para dar lugar a lujosos barrios privados.

La muestra de Ana Verónica Saavedra puede visitarse en nuestro espacio hasta el 8/7.

Los horarios de visitas son martes a viernes de 10a 13 y de 15 a 19.30 y sábados de 10 a 13.

Ex-Fábrica Hércules

Ex-Fábrica HérculesEx-Fábrica Hércules


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Ana Verónica Saavedra, Córdoba,1966.
Es profesora de dibujo y escultura, egresada de la Escuela Provincial de Bellas Artes Dr. Figueroa Alcorta de la ciudad de Córdoba.
Se desempeñó en actividades de capacitación docente en escuelas rurales de su provincia junto a la compañía de títeres “El Escondite”. Actualmente se desempeña como docente de plástica en el nivel medio. Desde el año 2008 participa de las muestras anuales de fotografía organizadas por el grupo “La Colectiva” de la ciudad de Rosario.

HERCULES
Estructuras de hormigón para contener el trabajo de un pueblo por siempre y para siempre. Iconos que se derrumban para dar lugar a mamposterías de cristal. Un Hércules dinamitado que deja a su caída los fantasmas de un pueblo que supo transitar por él.

HérculesHérculesHércules


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La defino como una película valiente. Ni transgresora, ni vanguardista, ni rupturista. Valiente.

En cine se dice que la personalidad, el sello de una obra está en la “mirada” de cada director.  Nicole Cassel novel directora decide abordar la pedofilia, el más escabroso de los temas, con altura, sobriedad y sensibilidad. La valentía de la directora pasa por encarar el tema desde la mirada del abusador.

Pareciera que aquí  no hay cuestiones a pensar y debatir. No hay justificación, ni consideración posible a una aberración de esa calaña. ¿Esta todo dicho, el tipo es un mostruo, de que vamos a hablar entonces?

La película nos mete en  la vida de Walter, una soberbia composición de Kevin Bacon, recién salido de la cárcel intentando una vida nueva, una vida normal. Cerrado, oscuro y gris vemos en sus ojos las toneladas de dolor que habitan en este personaje que se sabe enfermo, y que se pregunta si alguna vez podrá ser normal.

No sabemos qué ni cuánto hizo. La película nos invita a asomarnos apenas, al día a día de una persona que se sabe monstruo, que sueña con despertar y ser normal. Y esa es su carga y su condena: no poder ser como los demás. Vemos su lucha interior, su intento de tener un trabajo, de formar una pareja, de sentir y de amar, de ser como todos. Escondiendo su secreto detrás de una coraza, con grietas que se abren por todos lados.

Pero ese lado oscuro y terrible que Walter quiere esconder, olvidar y enterrar, pugna por salir. Y entonces sentimos una enorme pena por él. Y entonces sentimos un enorme asco por él. La escena de la plaza, sin mostrar, sin exhibir, sin que nada siquiera llegue a suceder, nos hiela la piel.

Profunda, sutil y valiente se mete en el más inabordable de los temas sin golpes bajos, desde las profundidades oscuras de un alma enferma que quiere ser otra y no puede.

Trailer:

http://www.youtube.com/watch?v=-fIFa9RcCmI


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(Carta de lectores publicada en revista de cultura Ñ nro. 306)

En referencia a la nota del lector Osvaldo H. Moreno, aparecida en Ñ nro. 305 del sábado 8 de agosto de 2009 quisiera argumentar que el debate sobre las nuevas prácticas sostenidas desde el advenimiento e instalación definitiva de internet, prácticas que incluyen (entre muchas otras) la circulación irrestricta de material protegido por leyes de propiedad intelectual, debería necesariamente resolverse dentro de un ámbito más abarcador, y no mediante razonamientos de trinchera que importan solamente a un grupo más o menos numeroso de trabajadores de la cultura. Definitivamente, entran aquí en juego nuevas formas de entender las relaciones entre todos los actores culturales (autor/artista, intermediarios, organismos de control, etc.) que implican revisar las definiciones aceptadas hasta hoy sobre términos como violación a los derechos de autor, propiedad intelectual o piratería masiva. En cualquier caso, creo, no esta demás asumir una posición a favor de la mayor dispersión posible de los bienes culturales. Las llamadas “industrias culturales”, entendidas como lo que en realidad son, es decir empresas y unidades de negocio ocupadas en maximizar su rentabilidad, es de esperar que ya encontraran nuevos medios para poder cumplir con sus objetivos económicos, a la luz de las nuevas realidades. Posiciones retrógradas y fuera de toda conexión con las actuales circunstancias (como las rídiculas declaraciones de Milos Forman citadas por Carnevale, o las visiones apocalípticas y tendenciosas del lector Moreno) únicamente promueven el retorno a un orden de cosas obsoleto que pretende reducir la circulación comunitaria de bienes culturales en aras de la protección de ciertos derechos que no queda claro bien a quienes benefician en última instanacia. Al público, queda claro, seguro que no.

Rodrigo Roger. Rosario


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¿Rosario, Argentina?, 17 de noviembre de 2004, hora 14:00.-

Una postal de ciudad sitiada. Calles vacías, sin vida. Seguridad por todos lados. Patrulleros de aquí y de allá, centuriones de la guardia municipal, civiles que no lo son.-

-Documentos por favor, ¿usted es vecino?

-Identifiquese, por aquí no puede pasar, el tránsito está cortado porque pasan los reyes y su comitiva.

-Pero es que yo vivo aquí, lo hice toda mi vida.

-Lo lamento, venga más tarde.

Patéticos diálogos como este se vivieron ayer en nuestra Rosario “acongresada”. Esta vez nos acorralaron en nuestras esquinas, en nuestras casas, en nuestros barrios.- Mientras un grupo de acreditados discutía sobre los vaivenes de nuestra lengua, la gente, esa argamasa de historias cotidianas que da vida a una ciudad, no podía siquiera acceder al derecho de transitar libremente por sus calles.

Esto es sencillamente insoportable.

Que unos pocos se arroguen el privilegio de acceder a un congreso cuya finalidad última (y por supuesto no manifestada) es la de encorcetar al riquísimo idioma que tenemos el privilegio de hablar, no deja de ser nefasto, aún cuando afortunadamente, nuestra lengua, indiferente ante tanta estupidez humana se resignifica a diario en millones de voces que la hablan, con sus localías, con sus regionalismos, con sus entonaciones tan bellas y tan distintas, con sus nuevos y cambiantes vocablos.-

El congreso de la lengua no deja de ser un lamentable intento de carcamanes trasnochados por no perder la “pureza del idioma”, pretendiendo asistir como socios fundadores de una nueva instancia de conquista que ya lleva unos 500 años de desventuras.- Nunca la búsqueda de “purezas” resistió el paso de la historia y sus consecuencias fueron siempre lamentables para la humanidad.-

Pero que esta función privada, a la que unos pocos asisten, paralice el ritmo de mi ciudad y de sus calles y moleste a sus ciudadanos que se ven compelidos a un encierro involuntario, ESTO ES DEMASIADO.-

Para quien firma estas líneas, el mentado congreso de la lengua, no deja de tener, a pesar de las obras de embellecimiento, a pesar de los fuegos de artificio, a pesar de la proyección de nuestra Rosario como ciudad cosmopolita, un asqueroso sabor a fruta podrida.-

Rodrigo Roger


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Reflexiones acerca del concepto inglés “remediation” 

Hablemos del sonido. Para propagarse necesita de algún elemento como soporte. Podría ser, por caso, el aire o el agua. Vale decir necesita de un medio para manifestarse, para “hacerse escuchar”. A un nivel más amplio los medios o soportes naturales podrían ser el agua, el aire o la tierra. Entonces, todo sería el medio. Que pasa cuando por ejemplo toco una pieza musical. Ocurre que introduzco una modificación a ese medio. Es decir “remedio” el medio, y es aquí donde puede tener lugar la presencia de un mensaje. Vale decir más que el medio es el mensaje podemos aseverar que el mensaje está en el medio. Ahora bien apenas producida la alteración del medio original, el mensaje “alterador” se funde con el medio y se vuelve inconfundible. Vale decir que el mensaje sería como un instante y una posición, un lugar y un tiempo x del medio. Sigamos. El medio natural incluye plantas, árboles, animales, etc. Si me construyo un instrumento musical estoy modificando el medio y a la vez estoy lanzando una propuesta que ya incluye un mensaje, esa sería la proposición final. Si interpreto una pieza musical con ese instrumento, nuevamente estoy perturbando el medio, estoy ampliando, amplificando el mensaje e incorporando un mensaje al medio. Este mensaje puede ser consciente o no, legible o ilegible, útil o inútil, inteligible o no, pero siempre percibible por los sentidos, vale decir percibimos las alteraciones del medio, tomamos conciencia de esos ruidos, sonidos, etc., somos conscientes de los mensajes presentes en el medio, en el gran medio en definitiva que podríamos considerar el mundo.

Ej. escucho un sonido de una sierra eléctrica. El mensaje ya ha sido lanzado. Ahora la interpretación, he aquí la polisemia, puedo pensar que hay una carpintería cerca, que alguien está aserrando algo en las inmediaciones, etc.

Pensemos en la luz. En este caso la luz es susceptible de propagarse en el vacío con lo cual podríamos decir que no necesita de un medio para desplazarse. Es un mensaje autónomo, pero sin significación más que a través de su función de alteración del medio. Es un mensaje remediatizante.

Remediar, sería de alguna manera, volver a tomar conciencia de que toda producción sea intelectual o material necesita de un medio donde manifestarse y no surge por generación espontánea. Es tanto una respuesta al medio, como una toma de posición, una voz alzada que dice aquí estoy transformando el medio, enviando mi mensaje que ya está una vez lanzado incorporado al mismo.

Rosario, 24/9/2008

Rodrigo Roger


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Sobre la nueva presentación de la colección en el Macba, “Tiempo como materia”

(Artículo aparecido en el nº44 (27/7/2009) de la revista digital a-desk)

Al cumplirse poco más de un año de la designación de Bartomeu Marí como nuevo director del Macba, el museo presenta su colección renovada. Bajo el título “Tiempo como materia”, la exposición de la colección se convierte en una auténtica presentación pública de las intenciones del museo.

En los últimos días de julio el Macba daba una imagen insólita si echamos la vista un año atrás o unos años atrás: colas de gente para entrar y salas llenas. Llenas de turistas, seguro. Quizá el calor infernal durante estos días en Barcelona nos impele a refugiarnos en lugares con aire acondicionado, sea el cine, el Corte Inglés o el Macba. Pero también en mayo, durante la inauguración de esta nueva presentación de la colección, no cabía nadie más. Tal vez, es una impresión puramente subjetiva, pero aquella imagen de un museo con salas vacías de visitantes ya no se adecua a la realidad actual del Macba. Un cambio que no sé en que medida podríamos sostener si es significativo o no, o si su significado importa. A no ser que tenga que ver con la insistencia en el receptor y la comunicabilidad que recorre las páginas de la breve publicación que se ofrece como manual para la visita de la colección. Y que, puestos a pensar en diferencias, lleva a recordar una declaración de Bartomeu Marí nada más tomar el cargo cuando dijo que mientras Manuel J. Borja-Villel era más próximo a Schubert, él se sentía más próximo a Joy Division. Una declaración que en las páginas del breve manual de la colección se explicita en el deseo de ser “contemporáneo antes que museo”.

Creo que insistir en la comparación con Manuel J. Borja-Villel no es fruto de una fijación paranoica, sino que es inevitable. La huella de casi diez años de dirección del museo, intentado fijar una imagen propia y personalisima o el mismo proceso de elección de la dirección en la que se cuestionaba la necesidad de un concurso por el fuerte carácter que ya tenía el museo (en el que nombre de Bartomeu Marí salía como necesario continuador, a pesar de que finalmente ganó el discutido concurso en segura buena lid) hablan de ello. A lo que habría que sumar la coincidencia entre la presentación de la renovada colección del Reina Sofía (MNCARS) y la del Macba. Ambos hechos son significativos para ver por donde van los tiros en uno y otro lugar. Y han convertido a la presentación de la colección en el hecho más destacado de la función del director, en su auténtica presentación. Todo ello, en términos más generales, hablaría de la renovación de los museos hacia su concepción más conservadora: la colección. Como si ya no fuesen tiempos para la experimentación: queda muy lejos probar la resistencia de las instituciones de arte apostando, por ejemplo, por el centro de arte como espacio relacional. En otras palabras, experimentos como el Palais de Tokyo de Bourriaud/Sans quedan lejos, abandonados. Frente a ello, el regreso al orden. Buena prueba de ese regreso al orden estaría en las dos últimas bienales de Venecia: perdido el interés prospectivo, la Bienal de Venecia se ha convertido en un museo. Así que el museo aprovecha el tirón y en su versión más conservadora muestra su fortaleza a través de la colección. Las crisis pueden traer riesgo, pero también conservadurismo.

Si la presentación de una colección es el campo de batalla, habrá que empezar a discernir donde están los cambios más significativos que, a la postre, anuncian el futuro rumbo del Macba en relación con su trayectoria anterior. En primer lugar, destacaría dos cuestiones que tienen que ver con el lenguaje. La primera es que, pese a lo dicho, las comparaciones han acabado. Ya no se han vuelto a oír comparaciones con el Moma (eso parece ahora reservado al MNCARS), si el Macba forma parte de un archipiélago o un nodo con otros centros que desbancan el modelo piramidal y autoritario que representaba el museo neoyorquino. El Macba es el Macba, intenta definirse desde dentro, no hacia fuera. En todo caso, una única declaración nos pone sobre una pista comparativa, pero consigo mismo, con el propio museo: en la prensa, Bartomeu Marí ha declarado que el Macba todavía es un museo del siglo XX y tiene que serlo del XXI. Otra muestra que nos lleva a ese deseo de antes que museo querer ser contemporáneo.

Segunda cuestión relativa al lenguaje, mucho más explícita: el propio lenguaje con el que el museo se dirige al receptor. Nada de jergas complejas, nada de palabrejas como “griegsoniano”, nada de paneles aleccionadores que dejan con cara de tonto. Al contrario, tanto en las hojas de sala, como en la publicación guía de la colección hay un renovado esfuerzo por hacer al museo próximo, comunicable, poroso. Se intenta que el museo comunique y ponga en marcha su responsabilidad como “activador de significados” más que como aleccionador. Así que, el interés ya no estaría en discutir con el Moma, sino en discutir con el visitante, en una labor de proximidad y pedagógica. No es poco dada la necesidad del arte contemporáneo por encontrar cómplices, por salvar barreras, por responder amablemente al estado de privilegio en la producción cultural que se le ha otorgado mediante la proliferación de exposiciones como fenómeno turístico. Se trata de sacar rentabilidad de ello. A la pregunta tan en boga sobre los nuevos públicos se responde con una simple apelación al público, a la necesidad de encontrar interlocutores, interesados: “nos interesa la incidencia del arte en la gente”.

Pero, ¿contribuir a la comprensión de qué? ¿de los procesos históricos del arte? ¿de procesos históricos y sociales en relación con el arte como testigo? Para encontrar la respuesta hay que echar mano a ese deseo de ser “antes contemporáneo que museo”. Lo que se explicitaría en mostrar la producción artística del periodo que sea en la contemporaneidad. No en la contemporaneidad de la obra, sino en la nuestra. Por un lado, se asimila la palabra museo a historia y esa es la palabra que se quiere borrar; y, por otro lado, se evitan elementos exteriores a las obras que las expliquen. Es decir, yendo a lo concreto, ni rastro de las famosas inagotables vitrinas que habían sido marca de la fábrica del Macba. Aunque, en realidad, sí hay un rastro, justo al inicio, con la referencia a la exposición de las nuevas vanguardias expresionistas americanas en el Palau de la Virreina inaugurada por Franco, loada por el régimen que aprovechó la coyuntura para apropiarse del Informalismo y Tàpies como expresión máxima del carácter creativo puramente español. Sólo ahí se recupera la manera de explicar que había caracterizado al Macba. Algo que despista y no poco, porque al no repetirse, al estar aislado, al quedar poco explicado porque no parece ser ese el deseo del museo ahora, me preguntaba hasta que punto esos turistas que llenaban las salas no lo verían como una imposición en el que los museos españoles aun tienen que empezar sus exposiciones con la referencia a la autoridad.

Pero, pasada esa entrada franquista, hay un intento de que las obras se expliquen por si mismas (con la ayuda textual de las hojas de sala) y por contagio. Del grupo Cobra y el proyecto New Babylon, pasando por el Situacionismo, hasta Hans Hacke, Matta-Clark o Robert Smithson, para acabar con Geco y dar un salto a la abstracción geométrica de Chancho o Soledad Sevilla. Otro camino, llevaría del Pop-Art, versión británica de Richard Hamilton, a Pazos o Miralda, para acabar en Tere Recarens. Así, la historia del arte aunque marca las líneas conductoras de la colección, lo hace trazando recorridos de afinidades que van del pasado al presente o que no tiene problemas en mostrar a los artistas no como piezas en el rompecabezas histórico sino como productores en activo.

Todo ello revela que más que en el campo de la historia del arte o del arte como testimonio de la historia, el museo, en ese deseo de contemporaneidad, se sitúa en el campo del arte a secas. En este sentido, el modelo no es tanto el ensayo como directamente la exposición de obras y artistas: “el Macba es un museo de artistas”. Suena raro subrayarlo, pero no siempre es entendido así. Frente al ensayo o el manoseado archivo (aunque aparece la palabreja varias veces en la publicación), apuesta por la contundencia de las obras y la creencia en su capacidad de defensa por si mismas: la instalación de Matt Mullican, la recuperación de una obra de David Lamelas o el escenario de Rita McBride. Pero ahí parecen dos problemas. El primero, la dificultad para exponer algunas de las obras del conceptual. Una dificultad que no es única del Macba, pero que aquí por esa apuesta por cierta contundencia en la presentación seguramente queda subrayada. Y es que algunos de los trabajos del Grup de Treball, de Tucuman Arde o incluso los vídeos de Vito Acconci o Bruce Naumann, pese a su importancia y significación, difícilmente pueden jugar en un campo de igualdad frente a aquellas obras que conocen el efecto escenográfico de los museos. El segundo problema, apostar por las obras y su contundencia en la presentación provoca un efecto de cierta desolación frente a un edificio difícil de dominar y terrible en su arquitectura. Un edificio que en los últimos años había ido ocultándose y que ahora reaparece.

Lo que vendría a enunciar el título de “Tiempo como materia” haría referencia, entonces, a una dicotomía que opondría a la historia del arte, el arte en presente. Menos prosaico sería algo así como declarar que la historia se lee en tiempo presente. Pero, también que el arte y esos artistas que el museo quiere hacer protagonistas, se leen en términos de experiencia. El arte como experiencia presente sería una línea fuerza de la presentación de la colección. A partir de ahí es donde se articulan esas líneas que no son tanto históricas como de interpretación y lectura en presente. También esa voluntad por apostar menos por líneas programáticas y de lectura dirigidas y duras. Pero al mismo tiempo aparecen los problemas: esa nueva presencia del edificio que obligará a un trabajo decidido sobre las formas de exponer que va más allá de escribir hojas de sala inteligibles; solucionar lo más complejo, los modos de exposición de obras que son rastros y que precisan o que se subrayan (como pasaba antes) con mayor apoyo textual y contextual; olvidar los rasgos de explicación en términos de historia social y apostar decididamente por mostrar del arte en términos de presente (un museo del siglo XXI); y que todo ello esquive el problema básico, que ese museo cubo blanco no reduzca el trabajo del arte, de los artistas, de la producción cultural más allá de su voluntad por tener una eficacia pública, crítica o la que sea. Si, como decía Apollinaire de Duchamp, la misión es reconciliar arte y público, un paso es abandonar la jerga artística y intelectualoide que expulsa y segrega, otro será ir más allá del pase de diapositivas o ilustraciones en un catálogo de lujo.

Más artículos sobre arte:

http://www.a-desk.org


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(Nota aparecida en el diario Página 12, edición del 29/9/2008)

¿El arte contemporáneo es una burbuja de Chandon?

Domingo, mediodía, barranca del Paraná, agosto y sol. Acompañaba a Paula a conocer el Macro.

¿El dedo es una experiencia democrática?

Entramos. Dos trabajadoras municipales estaban remachando a otros visitantes la “sugerencia” de subir en ascensor y bajar por las escaleras, a la vez que les cobraban el “bono contribución”. Bono que nos negamos a pagar, es absurdo ser cómplice de la propuesta cultural de la sociedad del espectáculo.

Subimos, los pisos son diez. La cabina vidriada es uno de los territorios agradables de esta institución. El ascensor de Costa Alta es más disfrutable y democrático. Nadie se atrevería a compararlo con el del Pompidou. Es auténtico.

¿Sociedad del turismo como pensamiento único?

La espacialidad y el sosiego gozados en el ascenso se prolongó en el mirador del décimo. Comenzamos a bajar, nos empezó a cubrir algo parecido al vacío.

En el noveno se exhibían obras de la colección de arte contemporáneo del Castagnino + macro.. Los trabajos eran de Graciela Sacco, Guillermo Kuitca, Nicola Constantino y Jorge Macchi. Ante la obra de Nicola, Paula enumeró los supuestos de su hacer. La fingida crítica al sistema capitalista, sus redes de venta y consumo. La sátira aparente a los estereotipos de belleza construidos  a traves de los medios de comunicación.  El discurso de un artista no se conforma unicamente con sus creaciones sino con lo que hace con las mismas.
No era vacío lo abrumadoramente impregnante, el vacío es la nada. Tampoco frialdad.

Seguimos bajando escalones. Le comenté a Paula de la custodia policial y femenina que nos había brindado Roberto Echen durante la muestra del Palais de Tokio.Las puertas de cada  sala/piso, tan de las cámaras frigoríficas.

En el sexto,  “Cartografías meridionales” casi desierta. Sólo las chismosas camaritas de video y nosotros. Muchas de las obras curadas por Marcela Römer y Andreina Fuentes,  abandonadas como NN. No identificadas por título ni autor.

Bajamos al 5º, nos encontramos con la muestra de Lila Siegrist. Y ya en el 4º,  vimos que “Cartografías meridionales” se continuaba caprichosamente.   Una obra sin nombre me conmovió,  la pared intervenida por el portorriqueño Efrén Candelaria me hizo entender que los que nos cubría era la presencia de una ausencia.
En el piso había una guía telefónica rosarina y ceritas negras, algunos rotas, como recién usadas, incitando a la escritura. Además de la grafía del autor, había escrituras de otros espectadores. No lo dudé, me sumé a la obra, tomé un crayon y escribí.

Apareció una de las chicas que realmente trabajan en el Macro para informarme que no se podía intervenir la obra. Como si estuviéramos en el museo Rosa Galisteo de Rodríguez antes de que Paco Urondo fuera subsecretario de cultura.

Me disculpé como pude La política cultural del Macro es quien molesta, no los artistas. Como espectadores, seguimos errando por los silos, siguiendo la imposición descendente.  Paula sostuvo que no había claridad en la propuesta curatorial, criterios que enhebraran las diversas obras, una construcción formal o de significados que sostuvieran al tema del mapeo. El bajar-entrar-salir-bajar signado por  la estructura del edificio pesaba más sobre el conjunto de las obras que la intención de Römer y Fuentes.

¿Hay distancia entre el pergamino e internet?

Pedí el cuaderno de notas en la recepción, donde me identifiqué y me hice responsable por la intervención hecha a la obra de Efrén Candelaria, desligando toda responsabilidad a las conservadoras del Macro.

Me comuniqué con Efrén Candelaria, recordó puntualmente mi intervención, aceptó mis disculpas y me confesó que  siempre había pensado que el trabajo artístico no le pertenece más al artista una vez presentado en el contexto público.

Para muchos rosarinos, el Macro es ya un sitio emblemático.

Tan emblemático como el monumento. El “monumento al pozo” que por décadas tuvimos en San Martín y San Juan.

El Macro es la presencia de una ausencia.
http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/12-15318-2008-09-23.html
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Bravo por la nota. gente que se anima a decir lo que piensa siempre es estimulante
todo esto de la presencia de una ausencia, es en ultima instancia una doble ausencia llena de tristeza, la ausencia de la obra y el artista y la ausencia final, terrible de un público que solo encuentra distancia extrañeza y vacío. Solo queda la presencia agobiante de esas paredes levantadas como muros infranqueables por los que desde siempre se arrogaron priviligios, ya es hora de ir cambiando la radio no les parece?

Rodrigo Roger


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El laucha por Rodrigo Roger

El Laucha

…sobre que estas islas nunca fueron lo que se dice un vergel, y ahora encima estos quemando los pocos putos pastos que le quedan.

Ayer el laucha los volvió a ver con los bidones, iban regando el kerosén para armar la primera línea de fuego. Después ya está. El trabajo lo hace el viento que empuja la quemazón, chamuscando todo, hasta las casitas de los horneros que terminan como calaveras de esqueletos muertos de hambre.

El laucha los ve siempre. Y también les grita. Pero no hay caso. Los putea. Les dice que va ir con los de la prefectura. Que si siguen quemando se van a enfermar todos de los pulmones (que ni ellos se van a salvar, les dice). Nada. Le contestan que no joda. Que están trabajando. Que no se meta porque va a cobrar. Que se raje a vender el pescado a La Florida y que no joda. Que ellos también son isleños con familias por alimentar y que necesitan el jornal.

Pero el laucha no les cree una palabra. Alguien le dijo una vez, hace mucho, cuando recién empezaban los incendios que lo hacían para plantar soja. Que se pagaba bien. Que un quintal de soja eran como veinte mil bogas de las medianas. Que por eso prendían los campos. El laucha no lo podía creer. No pescaba eso ni en cinco años tirando el medio mundo todos los días en los mejores lugares del canal.

Ahora el laucha vuelve despacio paleando río arriba. Vuelve de vender pescado fresco. El laucha tiene el rancho cerquita de donde el río se dobla hacia el este. Ahí lo esperan siempre. Y ahí también llega el humo.

Hace dos meses la mujer del laucha y el laucha escucharon por la radio que se tomarían medidas ejemplares contra quienes encienden estos fuegos malditos, pero tampoco les creyeron. No desde que dijeron que harían obras para detener la erosión mientras las islas no hacen más que desplomarse para desaparecer en el agua marrón. Si todavía los están esperando con las obras prometidas. Y ahora, encima, este asunto del humo que no los deja respirar, este humo pegajoso que se queda en la ropa y en los ojos.

El laucha está cansado. Ya van tres años que se aguanta ir de acá para allá esquivando las humaredas que no lo dejan pescar un minuto tranquilo.

Además, hoy a la mañana el Pedro se enfermó. No había parado de toser en toda la noche y la mujer del laucha se lo llevó temprano a Rosario para que lo viera algún doctor.

El laucha decidió que era demasiado y se fue a encarar a los tipos nomás. Esta vez se bajo del bote y los fue a prepear entre el humo. Que si eran guapos se vinieran de a uno les gritaba el laucha. Que eran unos alcahuetes hijo de puta les gritaba. Que no eran isleños sino unos vagos, unos vendidos y unos borrachos. El laucha no los veía. Les gritaba mientras iba isla adentro pero no los veía.

Que no sean cagones les gritaba. Que les iba a echar kerosén en el culo y se los iba a prender para que aprendieran. Que dieran la cara si eran hombres. Que andar obedeciendo los caprichos de un patrón al que le importa una mierda de todos era para mariquitas como ellos.

El laucha iba gritando con los puños apretados y el cuerpo en tensión.

-¡Callate laucha o te quemo! - se escuchó una voz.

-¡Salí cagón! ¡Da la cara! Que me vas a quemar si ya le prendieron fuego a toda la isla. Cagón. Salí a ver si te la aguan…

El laucha aguantó de lleno el tiro asesino. Sintió como se le reventaba el pecho y cayó y se murió ahí nomás entre el humo y la bronca sin poder terminar la frase.

Anochecía en el Paraná. La mujer del laucha encendió la televisión y espero el informativo. Nada. Ni media palabra. Claro pensó, lo de siempre, hace rato que dejamos de ser noticia. Ahora le hablaba al niño que seguía tosiendo.

- Tranquilo m`hijito, no me llore -le decía- mire que el laucha ya ha de estar por volver.

Rodrigo Roger (25-27/11/2008)

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(Pero claro, no todo es como parece y mientras tanto ocurren giros inesperados, se suceden modificaciones imposibles dentro de la lógica de un relato que parecía cerrado.

Y entonces, es así que el laucha, desde el suelo, comienza a mover una mano y después la otra y a girar la cabeza buscando un hueco por donde respirar el poco aire que queda disponible. Sí, el laucha vive. Revivido está continuando el cuento de su historia, gracias a unos amigos quienes con buen criterio sugirieron que el final del laucha era muy directo, más que previsible, casi una burla a los lectores bienintencionados, un disparate, un precipicio, un mero accidente geográfico literario que habría que salvar con más palabras y con nuevas aventuras.

Por eso mientras el laucha consigue muy lentamente tomar conciencia de que sigue en el cuento (que ya no es tan breve) y de a poco se levanta entre el humo blanco, y en tanto la mujer y el Pedro siguen esperándolo en el rancho (seguros esta vez que vendrá), me pregunto por qué hago todo esto. De qué se trata escribir un cuento para luego cambiarle el final recurriendo al auxilio de paramédicos literarios, que en esto de asistir a los amigos en sus noches más oscuras saben y un rato. Después de todo me pregunto por qué el laucha y todo este fuego en las islas y yo mismo tratando de urdir unas líneas sin criterio, mediocres arrebatos de escritor, y encima terminar siendo rescatado como el laucha por unas manos generosas que comprenden esto de las lagunas literarias y las muertes innecesarias tanto como los fuegos fatuos de unas islas de papel.

Pero claro, es la realidad que crea sus propias ficciones las que me arrebata el sentido de las cosas. Ahora creo que está bien que el laucha siga su historia tan vivo como hace unos párrafos. Está bien que siga gritando para que apaguen de una vez los malditos incendios mientras pienso que escribir es como morirse un poco entre el humo sin saberlo, es como suspender la realidad por un instante sin suprimirla, solo deteniéndola una fracción de tiempo para contemplarla y descubrir sus instancias secretas. Como ese horizonte incendiado que media entre el agua y el cielo, ese que el laucha se afana en extinguir para poder seguir adelante con sus trabajos en el río, con la mujer amante y con el Pedro ya sin esa tos infinitamente repetida.

Por un momento ya no se a donde dirigir mis esfuerzos de escribiente. La crónica de unas islas más miserables que nunca y de unos seres que se escapan de un cuento para recordarnos que siguen allí pese a todo procurando apagar nuevos incendios, después de todo no haya sido para ser contada.

Y basta.)

Rodrigo Roger (9/12/2008)


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Anoche le contaba a la Nina un cuento infantil muy famoso, el Hansel y Gretel de los hermanos Grimm. En el momento más tenebroso de la aventura los niños descubren que unos pájaros se han comido las estratégicas bolitas de pan, un sistema muy simple que los hermanitos habían ideado para regresar a casa. Hansel y Gretel se descubren solos en el bosque, perdidos, y comienza a anochecer. Mi hija me dice, justo en ese punto de clímax narrativo: “No importa. Que lo llamen al papá por el móvil”.

Yo entonces pensé, por primera vez, que mi hija no tiene una noción de la vida ajena a la telefonía inalámbrica. Y al mismo tiempo descubrí qué espantosa resultaría la literatura -toda ella, en general- si el teléfono móvil hubiera existido siempre, como cree mi hija de cuatro años. Cuántos clásicos habrían perdido su nudo dramático, cuántas tramas hubieran muerto antes de nacer, y sobre todo qué fácil se habrían solucionado los intríngulis más célebres de las grandes historias de ficción.

Piense el lector, ahora mismo, en una historia clásica, en cualquiera que se le ocurra. Desde la Odisea hasta Pinocho, pasando por El viejo y el mar, Macbeth, El hombre de la esquina rosada o La familia de Pascual Duarte. No importa si el argumento es elevado o popular, no importa la época ni la geografía.

Piense el lector, ahora mismo, en una historia clásica que conozca al dedillo, con introducción, con nudo y con desenlace.

¿Ya está?

Muy bien. Ahora ponga un teléfono móvil en el bolsillo del protagonista. No un viejo aparato negro empotrado en una pared, sino un teléfono como los que existen hoy: con cobertura, con conexión a correo electrónico y chat, con saldo para enviar mensajes de texto y con la posibilidad de realizar llamadas internacionales cuatribanda.

¿Qué pasa con la historia elegida? ¿Funciona la trama como una seda, ahora que los personajes pueden llamarse desde cualquier sitio, ahora que tienen la opción de chatear, generar videoconferencias y enviarse mensajes de texto? ¿Verdad que no funciona un carajo?

La Nina, sin darse cuenta, me abrió anoche la puerta a una teoría espeluznante: la telefonía inalámbrica va a hacer añicos las nuevas historias que narremos, las convertirá en anécdotas tecnológicas de calidad menor.

Con un teléfono en las manos, por ejemplo, Penélope ya no espera con incertidumbre a que el guerrero Ulises regrese del combate.

Con un móvil en la canasta, Caperucita alerta a la abuela a tiempo y la llegada del leñador no es necesaria.

Con telefonito, el Coronel sí tiene quién le escriba algún mensaje, aunque fuese spam.

Y Tom Sawyer no se pierde en el Mississippi, gracias al servicio de localización de personas de Telefónica.

Y el chanchito de la casa de madera le avisa a su hermano que el lobo está yendo para allí.

Y Gepetto recibe una alerta de la escuela, avisando que Pinocho no llegó por la mañana.

Un enorme porcentaje de las historias escritas (o cantadas, o representadas) en los veinte siglos que anteceden al actual, han tenido como principal fuente de conflicto la distancia, el desencuentro y la incomunicación. Han podido existir gracias a la ausencia de telefonía móvil.

Ninguna historia de amor, por ejemplo, habría sido trágica o complicada, si los amantes esquivos hubieran tenido un teléfono en el bolsillo de la camisa. La historia romántica por excelencia (Romeo y Julieta, de Shakespeare) basa toda su tensión dramática final en una incomunicación fortuita: la amante finge un suicidio, el enamorado la cree muerta y se mata, y entonces ella, al despertar, se suicida de verdad. (Perdón por el espoiler.)

Si Julieta hubiese tenido teléfono móvil, le habría escrito un mensajito de texto a Romeo en el capítulo seis:

M HGO LA MUERTA,
PERO NO STOY MUERTA.
NO T PRCUPES NI
HGAS IDIOTCES. BSO.

Y todo el grandísimo problemón dramático de los capítulos siguientes se habría evaporado. Las últimas cuarenta páginas de la obra no tendrían gollete, no se hubieran escrito nunca, si en la Verona del siglo catorce hubiera existido la promoción “Banda ancha móvil” de Movistar.

Muchas obras importantes, además, habrían tenido que cambiar su nombre por otros más adecuados. La tecnología, por ejemplo, habría desterrado por completo la soledad en Aracataca y entonces la novela de García Márquez se llamaría ‘Cien años sin conexión’: narraría las aventuras de una familia en donde todos tienen el mismo nick (buendia23, a.buendia, aureliano_goodmornig) pero a nadie le funciona el messenger.

La famosa novela de James M. Cain -‘El cartero llama dos veces’- escrita en 1934 y llevada más tarde al cine, se llamaría ‘El gmail me duplica los correos entrantes’ y versaría sobre un marido cornudo que descubre (leyendo el historial de chat de su esposa) el romance de la joven adúltera con un forastero de malvivir.

Samuel Beckett habría tenido que cambiar el nombre de su famosa tragicomedia en dos actos por un título más acorde a los avances técnicos. Por ejemplo, ‘Godot tiene el teléfono apagado o está fuera del área de cobertura’, la historia de dos hombres que esperan, en un páramo, la llegada de un tercero que no aparece nunca o que se quedó sin saldo.

En la obra ‘El jotapegé de Dorian Grey’, Oscar Wilde contaría la historia de un joven que se mantiene siempre lozano y sin arrugas, en virtud a un pacto con Adobe Photoshop, mientras que en la carpeta Images de su teléfono una foto de su rostro se pixela sin remedio, paulatinamente, hasta perder definición.

La bruja del clásico ‘Blancanieves’ no consultaría todas las noches al espejo sobre “quién es la mujer más bella del mundo”, porque el coste por llamada del oráculo sería de 1,90€ la conexión y 0,60€ el minuto; se contentaría con preguntarlo una o dos veces al mes. Y al final se cansaría.

También nosotros nos cansaríamos, nos aburriríamos, con estas historias de solución automática. Todas las intrigas, los secretos y los destiempos de la literatura (los grandes obstáculos que siempre generaron las grandes tramas) fracasarían en la era de la telefonía móvil y del wifi.

Todo ese maravilloso cine romántico en el que, al final, el muchacho corre como loco por la ciudad, a contra reloj, porque su amada está a punto de tomar un avión, se soluciona hoy con un SMS de cuatro líneas.

Ya no hay ese apuro cursi, ese remordimiento, aquella explicación que nunca llega; no hay que detener a los aviones ni cruzar los mares. No hay que dejar bolitas de pan en el bosque para recordar el camino de regreso a casa.

La telefonía inalámbrica -vino a decirme anoche la Nina, sin querer- nos va a entorpecer las historias que contemos de ahora en adelante. Las hará más tristes, menos sosegadas, mucho más predecibles.

Y me pregunto, ¿no estará acaso ocurriendo lo mismo con la vida real, no estaremos privándonos de aventuras novelescas por culpa de la conexión permanente? ¿Alguno de nosotros, alguna vez, correrá desesperado al aeropuerto para decirle a la mujer que ama que no suba a ese avión, que la vida es aquí y ahora?

No. Le enviaremos un mensaje de texto lastimoso, un mensaje breve desde el sofá. Cuatro líneas con mayúsculas. Quizá le haremos una llamada perdida, y cruzaremos los dedos para que ella, la mujer amada, no tenga su telefonito en modo vibrador. ¿Para qué hacer el esfuerzo de vivir al borde de la aventura, si algo siempre nos va a interrumpir la incertidumbre? Una llamada a tiempo, un mensaje binario, una alarma.

Nuestro cielo ya está infectado de señales y secretos: cuidado que el duque está yendo allí para matarte, ojo que la manzana está envenenada, no vuelvo esta noche a casa porque he bebido, si le das un beso a la muchacha se despierta y te ama. Papá, ven a buscarnos que unos pájaros se han comido las migas de pan.

Nuestras tramas están perdiendo el brillo -las escritas, las vividas, incluso las imaginadas- porque nos hemos convertido en héroes perezosos.

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Esta muy bueno, pero como por sobre de eso de crítico a la tecnología soy un CRITICO, debería hacerle algunas sugerencias sanas al autor. Le diría que no se desespere, que la fantasía, solo tomará nuevas formas, que habrá nuevos romeos y tantas julietas, otros quijotes que se pierdan por los desiertos de castilla, nuevas aventuras infantiles tantos más Sandokon nuevos piratas sin tierra. Las historias serán similares, solo que a alguien se le ocurrirá algo para que no sean tan fáciles. El celular podrá perderse en algún abismo insondable, o despeñarse fatalmente en algún acantilado o sumergirse irremediablemente luego de haberse deslizado por la borda de algún velero y ya está sigue la trama…pero muy simple no…bueno entonces podremos inventar otras salidas, nunca será poco el trabajo para los escritores, muy al contrario habiendo incorporado las nuevas tecnologías dispondrán de nuevas anecdotas y situaciones se enriquecerá el lenguaje con nuevas palabras en fin no soy tan pesimista, después de todo todos sabemos que papa noel nada nos trae en su trineo y que la ciguëña hace rato que no pasa por Paris pero igual les creemos. Después de todo quizás esa pequeña niña sea más lista de lo que pensamos y haya engañado vilmente a su pobre padre, perplejo ante esa maravillosa e inquietante respuesta.

Rodrigo Roger

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