El laucha por Rodrigo Roger
Viernes, 17 de Julio de 2009 por Rodrigo Roger
El Laucha
…sobre que estas islas nunca fueron lo que se dice un vergel, y ahora encima estos quemando los pocos putos pastos que le quedan.
Ayer el laucha los volvió a ver con los bidones, iban regando el kerosén para armar la primera línea de fuego. Después ya está. El trabajo lo hace el viento que empuja la quemazón, chamuscando todo, hasta las casitas de los horneros que terminan como calaveras de esqueletos muertos de hambre.
El laucha los ve siempre. Y también les grita. Pero no hay caso. Los putea. Les dice que va ir con los de la prefectura. Que si siguen quemando se van a enfermar todos de los pulmones (que ni ellos se van a salvar, les dice). Nada. Le contestan que no joda. Que están trabajando. Que no se meta porque va a cobrar. Que se raje a vender el pescado a La Florida y que no joda. Que ellos también son isleños con familias por alimentar y que necesitan el jornal.
Pero el laucha no les cree una palabra. Alguien le dijo una vez, hace mucho, cuando recién empezaban los incendios que lo hacían para plantar soja. Que se pagaba bien. Que un quintal de soja eran como veinte mil bogas de las medianas. Que por eso prendían los campos. El laucha no lo podía creer. No pescaba eso ni en cinco años tirando el medio mundo todos los días en los mejores lugares del canal.
Ahora el laucha vuelve despacio paleando río arriba. Vuelve de vender pescado fresco. El laucha tiene el rancho cerquita de donde el río se dobla hacia el este. Ahí lo esperan siempre. Y ahí también llega el humo.
Hace dos meses la mujer del laucha y el laucha escucharon por la radio que se tomarían medidas ejemplares contra quienes encienden estos fuegos malditos, pero tampoco les creyeron. No desde que dijeron que harían obras para detener la erosión mientras las islas no hacen más que desplomarse para desaparecer en el agua marrón. Si todavía los están esperando con las obras prometidas. Y ahora, encima, este asunto del humo que no los deja respirar, este humo pegajoso que se queda en la ropa y en los ojos.
El laucha está cansado. Ya van tres años que se aguanta ir de acá para allá esquivando las humaredas que no lo dejan pescar un minuto tranquilo.
Además, hoy a la mañana el Pedro se enfermó. No había parado de toser en toda la noche y la mujer del laucha se lo llevó temprano a Rosario para que lo viera algún doctor.
El laucha decidió que era demasiado y se fue a encarar a los tipos nomás. Esta vez se bajo del bote y los fue a prepear entre el humo. Que si eran guapos se vinieran de a uno les gritaba el laucha. Que eran unos alcahuetes hijo de puta les gritaba. Que no eran isleños sino unos vagos, unos vendidos y unos borrachos. El laucha no los veía. Les gritaba mientras iba isla adentro pero no los veía.
Que no sean cagones les gritaba. Que les iba a echar kerosén en el culo y se los iba a prender para que aprendieran. Que dieran la cara si eran hombres. Que andar obedeciendo los caprichos de un patrón al que le importa una mierda de todos era para mariquitas como ellos.
El laucha iba gritando con los puños apretados y el cuerpo en tensión.
-¡Callate laucha o te quemo! - se escuchó una voz.
-¡Salí cagón! ¡Da la cara! Que me vas a quemar si ya le prendieron fuego a toda la isla. Cagón. Salí a ver si te la aguan…
El laucha aguantó de lleno el tiro asesino. Sintió como se le reventaba el pecho y cayó y se murió ahí nomás entre el humo y la bronca sin poder terminar la frase.
Anochecía en el Paraná. La mujer del laucha encendió la televisión y espero el informativo. Nada. Ni media palabra. Claro pensó, lo de siempre, hace rato que dejamos de ser noticia. Ahora le hablaba al niño que seguía tosiendo.
- Tranquilo m`hijito, no me llore -le decía- mire que el laucha ya ha de estar por volver.
Rodrigo Roger (25-27/11/2008)
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(Pero claro, no todo es como parece y mientras tanto ocurren giros inesperados, se suceden modificaciones imposibles dentro de la lógica de un relato que parecía cerrado.
Y entonces, es así que el laucha, desde el suelo, comienza a mover una mano y después la otra y a girar la cabeza buscando un hueco por donde respirar el poco aire que queda disponible. Sí, el laucha vive. Revivido está continuando el cuento de su historia, gracias a unos amigos quienes con buen criterio sugirieron que el final del laucha era muy directo, más que previsible, casi una burla a los lectores bienintencionados, un disparate, un precipicio, un mero accidente geográfico literario que habría que salvar con más palabras y con nuevas aventuras.
Por eso mientras el laucha consigue muy lentamente tomar conciencia de que sigue en el cuento (que ya no es tan breve) y de a poco se levanta entre el humo blanco, y en tanto la mujer y el Pedro siguen esperándolo en el rancho (seguros esta vez que vendrá), me pregunto por qué hago todo esto. De qué se trata escribir un cuento para luego cambiarle el final recurriendo al auxilio de paramédicos literarios, que en esto de asistir a los amigos en sus noches más oscuras saben y un rato. Después de todo me pregunto por qué el laucha y todo este fuego en las islas y yo mismo tratando de urdir unas líneas sin criterio, mediocres arrebatos de escritor, y encima terminar siendo rescatado como el laucha por unas manos generosas que comprenden esto de las lagunas literarias y las muertes innecesarias tanto como los fuegos fatuos de unas islas de papel.
Pero claro, es la realidad que crea sus propias ficciones las que me arrebata el sentido de las cosas. Ahora creo que está bien que el laucha siga su historia tan vivo como hace unos párrafos. Está bien que siga gritando para que apaguen de una vez los malditos incendios mientras pienso que escribir es como morirse un poco entre el humo sin saberlo, es como suspender la realidad por un instante sin suprimirla, solo deteniéndola una fracción de tiempo para contemplarla y descubrir sus instancias secretas. Como ese horizonte incendiado que media entre el agua y el cielo, ese que el laucha se afana en extinguir para poder seguir adelante con sus trabajos en el río, con la mujer amante y con el Pedro ya sin esa tos infinitamente repetida.
Por un momento ya no se a donde dirigir mis esfuerzos de escribiente. La crónica de unas islas más miserables que nunca y de unos seres que se escapan de un cuento para recordarnos que siguen allí pese a todo procurando apagar nuevos incendios, después de todo no haya sido para ser contada.
Y basta.)
Rodrigo Roger (9/12/2008)
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